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Ante el Cristo de El Robledo, con saludo reverente, un soldado se cuadró; y con brevedad castrense, de esta manera le habló: ¡A Tus órdenes, Señor!. Se presenta este soldado, que debe ser arrestado porque fue mal cumplidor. Pero, pese a su pecado, no le abandones, ¡Señor!, y permítele, a diario, que se ponga, emocionado, a Tus órdenes, ¡Señor!
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